05 Septiembre 2016

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GRIEGO

Aunque a la mayoría del alumnado los libros canónicos aceptados por los cristianos católicos, esto es, la Biblia se le acerca, si acaso, en su versión castellana, han de saber que en la época de Servet la Biblia era leída, por aquellos que sabían leer y estaban autorizados a leerla, esto es, una exigua minoría, en latín, en particular por la traducción atribuida a san Jerónimo, conocida como Vulgata, de la que había varias versiones. En torno a 1455 apareció la primera Biblia impresa, la de Guttenberg, hecho que facilitó su difusión y su libre lectura, especialmente en los países protestantes, dadas las trabas que para la lectura de la Biblia encontraban los lectores católicos. Así y todo, el idioma de los textos originales tampoco era el latín, como mostró la Biblia Políglota, editada por la Universidad de Alcalá en 1522, a iniciativa del cardenal Cisneros –se calcula que fueron unos seiscientos ejemplares-, sino el hebreo/arameo para los más antiguos y el griego para los más recientes y para la traducción de los antiguos que circulaba ya desde el siglo III a.n.e.

Y si algo caracteriza a Servet, como teólogo y como científico, es ir a las fuentes, que, en este caso, se concreta en manejar los textos griegos de la Biblia. Hay que suponerle, por tanto, al menos, el conocimiento básico para contrastar una cita o el uso de un término con precisión –seguramente la edición que Servet manejó fue la que Erasmo publicó en Basilea entre 1515-1516 de la versión griega del Nuevo Testamento- y, quizá, más importante, una frescura intelectual, casi sin precedentes puesto que fue el Renacimiento la época que inauguró este talante, para ser capaz de insuflar en los términos griegos el sentido original y, a través de ellos, ser capaz de acercarse bastante a las experiencias de los apóstoles y de los primeros Padres de la Iglesia. Porque hay que recordar que el idioma del Nuevo Testamento, así como el de las cartas de los apóstoles o el de autores tan importantes para Servet como san Ignacio de Antioquía, es el griego. Una lengua que era, y sigue siendo naturalmente, sinónimo y vehículo de cultura y de distinción. Con el dato importante de que el latín carecía por tanto de esas características en aquel momento. Es un hecho, por cierto, que da que pensar. Porque esto supone que tanto los autores como el público al que están dirigidos los textos fundacionales del cristianismo son personas cultas y de, al menos, cierto rango, que usan el griego como idioma de comunicación –algo así como si ahora surgiera un grupo de seguidores de algún español y que tuviera representaciones extendidas por Francia, Italia y Portugal, y usaran como lengua común el inglés-. Así san Pablo escribe a la comunidad cristiana que vive en Roma en griego y, cien años más tarde, san Ignacio de Antioquía hace lo mismo. ¿Supone esto que los pobres, los marginales, las mujeres y los esclavos conocen y manejan el griego? ¿No habría que cambiar la imagen sociológica de los primeros cristianos teniendo en cuenta el uso del griego como idioma vehicular?

Sirvan estas reflexiones para presentar el estupendo artículo de la profesora Dña. Asunción Molés, catedrática de griego del instituto Miguel Servet de Zaragoza, autora del estudio cuyo conocimiento considero relevante, no tanto porque permita acceder a un Servet escritor de griego, pero sí porque demuestra que Servet era un buen conocedor del griego. Se da la circunstancia, además, de ser un estudio pionero completamente en los estudios servetianos, tanto a nivel español como internacional.

Cf. “La Odisea de Miguel Servet”, en Josefina Bas et alii, Estudios sobre Miguel Servet I, Zaragoza, IES Miguel Servet, pp. 15-37.

Las actividades, en este caso, quedan al libre juicio de cada compañera o compañero de griego que tenga a bien abordar en su clase estos temas.

Desde luego no estaría de más proponer como ejercicio buscar los términos griegos que Servet utiliza en su obra juvenil De Trinitatis erroribus y comparar el uso que hace de ellos en su obra mayor, Christianismi restitutio.

Así como verificar la justeza –o no- de las apreciaciones de Servet.

O localizar la edición griega que manejó Servet, seguramente la edición de Erasmo, y comprobar las citas. Es un trabajo bibliográfico que puede resultar enriquecedor para aquellas alumnas o alumnos que sientan dentro de sí un placer que Servet cultivó como nadie: el placer intelectual de la investigación de las fuentes –tanto del conocimiento como de los textos-.