05 Septiembre 2016

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Ángel Alcalá

Historiadores del pensamiento, la teología y hasta de la ciencia y la medicina, pues en todos estos campos, y más, sobresalió Miguel Servet, nos habían hecho creer que sus escritos, todos en latín, resultaban inaccesibles y abstrusos, como si el suyo, a pesar de las profundidades en las que bucea, fuera un estilo alambicado o conceptuoso. Traducirle al español, al catalán, al inglés o a otras lenguas, como ya se ha hecho o se está haciendo, entraña no pocos retos, pero leerle puesto ya al alcance de todos constituye un desafío intelectual de primer orden del que una persona culta, especialmente si es aragonesa, no debe permitirse el pecado de privarse. El aragonés Servet, o Serveto —Pues tal era su apellido real y nombre del pueblo de sus antepasados, allá arriba por Gistain, cerca de Benasque— que afrancesó pronto, es el máximo representante español, incluso por encima del valenciano Juan Luis Vives, de la vivencia conjunta de los tres aspectos esenciales de la cultura, característica del siglo XVI. Humanismo, Renacimiento y Reforma. Desconocerle es crimen de lesa patria aragonesa.

Las ideas de Servet sonaron en su tiempo a religiosamente revolucionarias, es decir, a herejía, y aun lo siguen pareciendo a gentes timoratas incapaces de pensar por propia cuenta y riesgo; otras, las científicas, a innovadoras, y lo eran. Pero de ellas se ha alimentado la civilización occidental desde mediados del siglo XVI. No sería la cardiología esa ciencia que reaviva nuestras arterias si Miguel no hubiera descubierto la estructura del corazón y cómo impulsa la sangre, que es vida. No replantearían hondas cuestiones sobre el origen, el desarrollo y la muy temprana degeneración del cristianismo si Miguel no hubiera arriesgado su vida y conquistado su gloria proponiendo su restauración, su Restitución a la primitiva pureza. No aceptaríamos en el mundo civilizado como normal la exigencia del derecho natural a la libertad de pensamiento y de expresión, base de toda convivencia de personas y de pueblos, si Miguel, el primero desde que hacia el siglo III los poderes eclesiástico y civil empezaron a justificar perseguir a quienes tenían por herejes o ideólogos molestos, no hubiera proclamado lo anticristiano y además racionalmente inadmisible que es perseguir, castigar y cuánto más matar a persona alguna por sus ideas. Recientemente se ha demostrado el influjo de Miguel en los filósofos de la democracia, desde Castellio y Locke hasta nada menos que en Jefferson.

Que ningún posible nuevo Servet tenga que camuflarse en adelante como Michel de Villeneufve para salvar el pellejo ni que jurar, mintiendo, que es de Tudela y no de Sijena quien al firmar sus primeros libros aún en libertad confesó con orgullo superador de todo nacionalismo chato: “Por Miguel Servet, aragonés de España; per Michaelem Serveto, ex Aragonia hispanum. El tino y tono de los breves textos y la graciosa belleza de los dibujos de .José Luis Cano, admirados ya en folletos gemelos sobre Gracián o Sender, ponen ahora al alcance de todos un resumen comprensible de la trágica vida y las arriesgadas ideas de Servet, el más radical de los pensadores cristianos de todos los tiempos y mucho más importante por aquéllas y por sus propuestas de reforma que por el descubrimiento médico que justamente le ha dado fama. Las cenizas de la hoguera que en Ginebra le quemó vivo hace casi 450 años han ocultado demasiado tiempo la luz y el fuego de este gran aragonés que debe iluminar nuestras conciencias. Ahora, más que nunca. Y ya era hora.

Ángel Alcalá
Catedrático Emérito de Literatura Española
Universidad de la Ciudad de Nueva York

Fuente: Miguel Servet y el Doctor de Villenueve compuesto por José Luis Cano, de profesión incierta, Zaragoza, Xordica, 2002, Presentación