05 Septiembre 2016

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Hipólito Gómez de las Roces

En ocasiones, el destino trágico de un hombre se sobrepone arrolladoramente a su obra, por poderosa y sugestiva que ésta pueda ser. Así, cuando recordamos a Miguel Servet aguardando la muerte en la colina de Champel, atado al poste del suplicio, su obra ingente y variadísima queda en un segundo plano. Prevalece el hombre, en su definitiva peripecia, sobre la magnitud de su obra, acaso sea de predominio de la rúbrica final sobre el texto de su vida entera. Todo o casi todo interesa en Miguel Servet. No sólo ha sido uno de los más grandes pensadores del Renacimiento, y eso ya hubiera sido bastante, sino que su personalidad, su vida azarosa y novelesca vienen a ser un compendio de lo mejor de los aragoneses.

¿Quién puede sustraerse a la fascinación que produce, todavía hoy, la personalidad sin par de Miguel Servet? En ese hombre, perseguido por la Inquisición católica y ajusticiado finalmente por la del protestante Calvino, ¿no habrá algo más que una trágica paradoja estrictamente personal? Si buscáramos un personaje histórico que hizo de su ideal de justicia una defensa cerrada y absoluta, hasta el límite de ofrendar su propia vida, ¿quién más representativo que este aragonés de Villanueva de Sijena, que tanto recuerda en algunos momentos a nuestro Papa Luna?

En esa férrea seguridad interior de Servet y en su soledad tan seriamente humana, hay mucho de visionario y de mística Y también de aragonés ajeno a cualquier compromiso contemporizador. Confieso personalmente que éste es el Servet que más me ha interesado hasta el presente.

D. Hipólito Gómez de las Roces Presidente de la Comunidad Autónoma de Aragón

Fuente: “Prólogo” a Fernando Solsona, Miguel Servet, Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1988. ólito Gómez de las Roces