05 Septiembre 2016

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Pedro Laín Entralgo

Aunque parezca haberse extinguido tan definitivamente como la medicina asiria o los encantamientos de los meloterapeutas griegos, nunca el pasado ha muerto del todo. Bastará que un verdadero historiador —por tanto, un hombre tan capaz de conocer técnicamente el pasado en cuestión como de vivir con alguna sensibilidad intelectual y moral el tiempo en que él existe—, bastará, digo, que ese historiador ponga ante nosotros con verdad, rigor y buen estilo el avatar del enfermo asirio o el ensalmo del meloterapeuta griego, para que la vida del lector, si éste sabe serlo de veras, se anime y enriquezca de manera inédita. Tanto más, si ese pasado se halla médica y humanamente tan próximo a nosotros como la realidad del hombre que descubrió para el inundo moderno y para la humanidad toda la circulación menor de la sangre --sea dicho sin desdoro del entonces olvidadísimo lbn-an-Nafis-y supo sacrificar su vida para que en Europa y en América fuese la libertad de la conciencia religiosa uno de los primeros derechos civiles de la persona. ¿No es acaso ese hombre el que tan auténtica como vigorosamente revive en las páginas del doctor Barón Fernández? La sagacidad entre galénica y moderna con que Serveto sabe poner en recta conexión la visible forma real y la entonces desconocida función real de los vasos pulmonares, el grito herido que el quemado en el alto de, Champel hace y hará llegar, desde entonces hasta siempre, a los oídos de todo hombre con vocación de hombre, ¿no cobran fuerte vida nueva por obra de la diligencia en la documentación, la sutileza en la exégesis y el buen arte en la composición de este benemérito autor?

Algo más ha hecho con este libro suyo el doctor Barón Fernández: porque los españoles —a pesar de los indudables merecimientos a tal respecto contraídos por Menéndez Pelayo, y luego por Goyanes, Bullón,Castro y Calvo, Trueta, Araquistáin, Vega Díaz, Somolinos y otros- debíamos a nuestro eximio compatriota el homenaje historiográfico que su doble e inmortal hazaña estaba pidiendo de nosotros. Cuando yo pensé dedicarme profesionalmente al cultivo y la enseñanza de la historia de la Medicina, hace ahora treinta y tres años, uno de mis primeros y luego más incumplidos proyectos fue la redacción de un libro sobre Miguel Serveto capaz de cumplir, en la medida de mis fuerzas, ese general deber de los españoles votados al recuerdo consciente, y responsable del pasado. Imagine el lector, a la vista de esto, la honda satisfacción con que hoy presento el libro que tan cumplida eficazmente paga esa grave deuda moral e histórica de todos nosotros.

PEDRO LAÍN ENTRALGO

Madrid, marzo de 1970

Fuente: José Barón Fernández, Miguel Servet (Miguel Serveto). Su vida y su obra, Madrid, Espasa-Calpe, 1970, Prólogo